10 de agosto de 2017

MEMORABILIA GGM 874



PanAm Post
Miami – Florida
5 de agosto de 2017

Opinión

Cien años de soledad: 
la novela más 
sobrevalorada de la historia

Por Alejandro Jenkins Villalobos*

Aunque son muchos los críticos eminentes y respetables que la han catalogado como una de las mayores novelas jamás escrita, personalmente encuentro que Cien años de soledad es débil, incluso comparada con otras de las novelas de Gabriel García Márquez (mi favorita es El general en su laberinto). Aunque me considero una persona culta y versada en la literatura en español, me tomó un esfuerzo considerable para poder acabarla, y solo pude pasar de las primeras cincuenta páginas en mi sexto intento.

No cabe duda de que la idea detrás de Cien años de soledad, crear una saga mítica para la Latinoamericana independiente, es atractivamente ambiciosa; pero encuentro que la ejecución concreta de ese proyecto es casi totalmente exánime. El problema fundamental está en que prácticamente no hay ningún personaje en la novela que pueda despertar verdadero interés en el lector, o que siquiera tenga una personalidad bien definida (solo la chacaca Fernanda del Carpio, con sus locas ínfulas aristocráticas y catolicismo fanático, me pareció un personaje más o menos convincente).

El propio García Márquez debe haber estado consciente de esto, porque repite los mismos nombres, hasta que uno ya ni sabe bien quién es quién (más de una vez me faltó la energía para detenerme a desenredar de cuál Aureliano o José Arcadio se trataba). Pero esto es una enorme debilidad en una obra literaria, que me recuerda al chiste de Evelyn Waugh en Decline and Fall sobre una película vanguardista que fracasó en la taquilla por “su austera exclusión de todo personaje humano”.

Quizás una trama suficientemente interesante podría sobreponerse a esto, pero la verdad es que la historia que se cuenta en Cien años es casi tan inerte como sus personajes. El mundo que se pinta en la novela es no solo física, sino también moral y emotivamente irreal. Hasta el supuesto clímax del libro, la masacre de tres mil trabajadores bananeros (episodio inspirado por un controvertido acontecimiento en la historia moderna de Colombia, la Masacre de las bananeras en 1928), le acaba pareciendo a uno otra arbitrariedad narrativa, en el mismo plano que la plaga de insomnio, o el que lluevan flores amarillas sobre Macondo.

Hay otro aspecto de Cien años de soledad (por cierto, ¿qué significa ese título?) que no dejó de molestarme por un largo tiempo, sin que pudiera decir yo exactamente de qué se trataba. Ahora me percato de que es la manera tan artificial en que García Márquez recluta a la historia de la ciencia (¡de entre todas las cosas de las que podría haber echado mano!) en su empresa de establecer un mito.

Me doy cuenta ahora de que ese es, en realidad, un vicio característico de la intelectualidad colombiana moderna. En un grado quizás aún mayor que el de otras naciones latinoamericanas, Colombia tiene una historia sangrienta y opaca, en que suele ser difícil siquiera entender por qué una facción estaba matando a otra en un momento dado. Tradicionalmente, esto ha alimentado la esperanza de encontrar una clave esotérica que revele la significado oculto detrás de esta historia (de ahí la importancia enorme que tradicionalmente ha tenido la masonería esotérica en Latinoamérica, por mencionar solo un ejemplo).

Hace poco me topé con esta entrevista a Jorge Arias de Greiff, ingeniero y exrector de la Universidad Nacional de Colombia, en la que el entrevistado hace la extraña reclamación de que la historia de la ciencia (Arias de Greiff ha escrito extensamente sobre la historia de la astronomía) “puede ayudar a arreglar las cojeras de la historia patria; que a lo mejor la historia de la ciencia ilumina aspectos confusos de la otra historia.”  No se detiene a explicar cómo podría darse tal cosa, que me parece muy improbable en vista del papel mucho menor que la ciencia ha jugado en Latinoamérica, comparada con otras partes del mundo occidental.

Sospecho que las esperanzas de Arias de Greiff están subconscientemente asociadas a un sentido de que las graves obscuridades propias de la actual práctica académica de la historia de la ciencia pueden ofrecer un nuevo y secular esoterismo que reemplace a los viejos y desacreditados esoterismos con los que los intelectuales latinoamericanos tradicionalmente han buscado iluminar sus dolorosas historias patrias. Y creo que esta es al menos una parte de la respuesta a una de las preguntas que más me inquietó cuando finalmente conseguí terminar de leer Cien años de soledad: ¿qué es, exactamente, lo que están haciendo ahí o lo que puedan querer decir en su contexto las alusiones sostenidas al heliocentrismo, la alquimia, los imanes, la refrigeración, etc?

Cien años es, obviamente, la obra cumbre del realismo mágico, ese movimiento que fuera tan exitosamente comercializado a nivel internacional después de los años sesenta como marca de la nueva generación de autores latinoamericanos. Al fin de las cuentas, yo encuentro que ese realismo mágico es en buena parte un fraude.

Para comenzar, no hay nada novedoso en introducir elementos fantásticos en las narrativas: Borges (en mi opinión un escritor incomparablemente mayor que García Márquez) subrayó que la literatura fantástica es tan vieja como el lenguaje humano. Es cierto que las técnicas específicas del realismo mágico permitieron capturar ciertos aspectos de la cultura latinoamericana tradicional (por ejemplo, el conflicto entre los deseos de ser parte del mundo moderno y de mantener una identidad propia, el sincretismo entre el catolicismo y las religiones animistas, la percepción de una continuidad entre los mundos de los vivos y los muertos, etc.) y que el éxito de esta corriente ayudó a liberar a los autores latinoamericanos de las rígidas líneas ideológicas del “realismo social” practicado por la mayor parte de la anterior generación literaria. Pero, aunque la literatura no obedece a un lógica rigurosamente científica, psicológica o política, sí tiene que obedecer a su propia lógica literaria, y esto requiere de una disciplina artística que no se puede tirar por la borda simplemente invocando la licencia de escribir “realismo mágico”.

*Alejandro Jenkins Villalobos es doctor en física teórica de Caltech
y profesor de la Universidad de Costa Rica.
Este texto fue previamente publicado en inglés en su página de Quora.

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El País
Cali – Colombia
1 de agosto de 2017

Columna de opinión

Más de Vargas Llosa

Por: Santiago Gamboa

La semana pasada, entrevistado por la W, Mario Vargas Llosa volvió a hablar de su relación con Gabriel García Márquez y una vez más se encendieron los radares.

Lo más polémico, de acuerdo a los comentaristas, es que Vargas Llosa considerara en un plano menor a García Márquez al decir que no era “un hombre de pensamiento” sino un artista primigenio, alejado de las ideas, como esos músicos de jazz que, cuasi analfabetas, modifican el arte en el que se expresan sin apenas darse cuenta.

Para ser sincero, esto no me parece un insulto, aunque tampoco creo que García Márquez se ajuste a esa realidad. Es verdad que existen artistas puros, primigenios, que no necesitan de la reflexión teórica y que están lejos de las ideas acerca del arte que ejercen. Mozart debió de ser uno de estos artistas “en estado salvaje”, incapaz de teorizar sobre su oficio, pero que, al hacerlo, dejaba a todos con la boca abierta. Esto es muy visible en los músicos.

El jazz está lleno de ejemplos. Charlie Parker, Thelonius Monk, Chet Baker. Artistas al límite de la razón, casi incapaces de comprender lo que hacían. Caso muy distinto al de Stravinsky que, además de sus obras sinfónicas, escribió ensayos sobre la composición musical que aún se estudian en las facultades.

La pintura tiene también sus ejemplos. Van Gogh, sin ir más lejos. Pero la explicación de estos casos tiene un elemento particular y es que un músico o un pintor no necesitan verbalizar su genio para ejercerlo. La suma de sus observaciones y recuerdos y estados de ánimo e ideas sobre el color hacen que un trazo sea más grueso o más fino, y que los colores de fondo tengan cierta tonalidad y no otra. ¿Por qué lo hace? Él lo sabe, pero no necesita ponerlo en palabras. Como decía el novelista chileno Hernán Rivera Letelier: “Si me preguntas por qué lo hago, no lo sé; pero si no me lo preguntas, sí lo sé”. El escritor tiene una ventaja y es que la explicación se expresa en palabras, que son a la vez el material que domina.

Pero volvamos a Gabriel García Márquez. Es cierto que en su obra no hay grandes y sesudos ensayos, como en la de Octavio Paz, Carlos Fuentes o el propio Vargas Llosa. Pero en cambio está su prosa periodística, que a pesar de no presentarse bajo la forma del ensayo contiene ideas sobre literatura, política o cultura. Y es ahí donde Vargas Llosa se equivoca.

Que un texto no esté escrito a la manera del ensayo tradicional, no lo invalida como entidad o asunto intelectual. Los artículos de García Márquez están llenos de anécdotas personales y de humor, claro, pero ese es el caldo en el que sus ideas se expresan. Su discurso de recepción del premio Nobel, entre otros, contiene una síntesis poética y social muy fuerte, la de la soledad de América Latina. Muy por encima, por cierto, del trivial discurso de Vargas Llosa, que nos dejó a todos bastante perplejos.

Lo que sí fue un golpe bajo en la entrevista radial fue afirmar que García Márquez había seguido siendo amigo de Fidel por conveniencia y oportunismo. Un modo de sugerir que parte de su éxito en el mundo de la cultura, “que es un mundo de izquierda”, según dijo Vargas Llosa, se debió a una actitud interesada y pragmática. Es ahí, a mi modo de ver, donde el peruano sí saca el cuchillo contra el que, ya muerto y sin poder objetar, fue su rival durante 40 años.

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La Republica
Lima – Perú
6 de agosto de 2017

Cultural

Jorge Edwards:
“Josie Bliss fue un gran
amor de Neruda”
Jorge Edwards. El escritor y premio Cervantes chileno, invitado a la FIL de Lima, acaba de entregar a sus editores 'Oh, maligna', una novela que habla sobre un amor juvenil del poeta en Birmania. También opina sobre Gabriel García Márquez.

Por Redacción Pedro Escribano

El escritor chileno Jorge Edwards ha vuelto a Pablo Neruda y ya no en registro biográfico –Adiós, poeta–, sino como personaje de novela. Acaba de entregar a sus editores Oh, maligna, un libro en el que trata los amores que tuvo el vate en Birmania, una amante que vigilaba sus sueños con un cuchillo en mano esperando que el poeta pronuncie otro nombre que no sea el suyo. Edwards detalla sobre su novela. 

 Jorge Edwards

Insiste en Neruda...

Sí, porque hay algo que no había escrito yo, que se había escrito antes pero con poca información, y es sobre los amores de Neruda. Él era un chico de 23 años, cónsul de Chile en Birmania, que estaba con una birmana muy joven, Josie Bliss, que casi lo mató. Ella caminaba alrededor del mosquitero donde dormía Neruda con un cuchillo de cocina pensando en si se lo iba clavar o no, esto provocó la huida del poeta. Esto está un poco en el poema “Tango del viudo”. Sobre ese episodio es mi novela, que se llama Oh maligna. Después el editor me preguntó por qué no mejor se llama “Maligna”, pero le dije que no porque para cambiar ese “Oh” tienen que pasar por encima de mi cadáver.

Hay una faceta muy dura, el Neruda padre de una niña discapacitada.
Sí, pero esto fue mucho anterior a ese episodio. En la novela, Neruda todavía se llamaba Ricardo Reyes, yo juego mucho con eso. Al principio no se nota que el personaje es Neruda, sino un poeta joven que viene del sur del mundo, que llega a Birmania y que se llama Neftalí Ricardo Reyes.

Todavía no era inmortal.

El cambio de Neftalí Ricardo a Pablo lo hago lentamente.

¿Usted aborda todos los amores juveniles de Neruda?
Yo sé mucho del tema, pero no lo sé todo. Hice una novela en la que hay un personaje real que se llama Neftalí Ricardo Reyes, y hay amores que yo inventé.

Como todo novelista.
Claro, sobre todo cuando él estaba en una colonia inglesa y había jóvenes inglesas que llegaban de la isla británica. Y según Josie, la birmana, iban a buscar marido. Cuando no encontraban marido, iban a Birmania, iban a las colonias, por eso ella estaba muerta de celos, tanto que quería matarlo con un cuchillo. Neruda, que me tenía confianza en estos temas, me contó que ella le dijo una vez “si tú te murieras, yo podría descansar tranquila. Mientras tú estás vivo, yo estoy sufriendo de celos, de amargura”. Esa mujer era fiera.

¿Era una nativa?
Era birmana. Él siempre dice “la furiosa”, “la maligna”, “la deshabitada”. Yo me pregunto por qué “deshabitada”, yo me hago muchas preguntas como novelista. Pero fue un gran amor...

Tremendo poema que le ha dedicado...
Le ha dedicado muchos poemas. Hay poemas sobre ella en Estravagario, en Memorial de Isla negra y siguió hablando de ella. Yo una vez conocí una chica en París que era poeta y que se llamaba “José”. Entonces, yo le conté a Neruda, le dije “mira qué cosa más rara, conocí a una poeta que es muy atractiva pero se llama José”. Y él me dijo “y qué te extraña, si Josie es José”.

Los dos han tenido su José...
Claro. Josie Bliss se llamaba la birmana. Josie es un diminutivo de José, Josesita. Hablamos de ella, él estaba muy impresionado con ella porque le escribía una poesía de misterio en la que el mundo oriental entraba mucho. Por ejemplo, Residencia en la tierra está llena de funerales que son unas procesiones en las que al final se incinera al cadáver y se lo tira al río. Aparece muchas veces Mandalay, que era la antigua capital de Birmania. “Eres la más bella de Mandalay”. Resulta que los abuelos de Josie eran de Mandalay.

¿Ha ido a Birmania?
Yo pensaba ir a Birmania para investigar, pero luego dije que mejor nunca iba a ir a Birmania. Por lo tanto, inventé Birmania. Yo estaba en Madrid, fui al mercado viejo del lugar y compré todo lo que encontré sobre Birmania, muchas guías de turismo muy antiguas. Leí Días de Birmania de George Orwell, él fue un policía inglés en Birmania, luego se avergonzó por haber sido policía en la colonia. Si Salgari ha escrito Sandokán y otras novelas sin ir a la India, por qué yo no inventarme a Birmania (risas).

A propósito de Neruda, ahora se investiga si lo asesinaron. ¿Qué piensa usted?
No sé si asesinaron a Neruda, porque tuve que haber estado ahí, cómo voy a saber yo. Ahora, lo que sí sé es que si lo asesinaron fue una tontería porque el poeta estaba muriéndose. Resulta que ahora, mirando sus libros para escribir la novela, hay uno, Incitación al nixonicidio, que en la dedicatoria dice: “Escribí este libro enfermo en Isla Negra”. Estaba muy enfermo Neruda, lo sé porque estaba conmigo en la embajada y él se operó dos veces. No podíamos decir que el embajador estaba enfermo, menos yo, que era el segundo en el cargo. Pero estuvo operado de cáncer de próstata dos veces. Entonces, ¿había necesidad de matarlo por razones políticas, esa idea me suena muy artificial. Yo seguí viendo mucho a Matilde y ella nunca me dijo nada sobre ese tema. Ella lo hubiera dicho en una sola palabra.

La cuestión judicial ha avanzado. Se exhumó su cuerpo.
Debería haber una resolución judicial ya, pero la historia sigue. No sé a quién le conviene que hayan matado a Neruda, seguramente al Partido Comunista, por eso de tener un héroe, un mártir, un santo, pero yo no sé. También pienso, aunque puede ser errado, que al gobierno de Chile de Pinochet le hubiera complicado la vida tener a Neruda en el exilio. Aunque no creo, estaban asesinando gente, disparando en la calle con los francotiradores para que estuvieran preocupados en matar a un viejo poeta.

Pero era un símbolo...
Pero un símbolo es más fuerte muerto que vivo.

Recuerdo de Gabo

Usted hizo una gran amistad con Vargas Llosa, ¿también la hizo con García Márquez?
Era bien difícil ser amigo de los dos. Si Vargas Llosa le pegó una bofetada a García Márquez. Le voy a contar, a raíz de mi libro sobre Cuba, Persona non grata, no estaba de acuerdo conmigo. Él era profundamente castrista, amigo de Fidel; sin embargo, nunca hubo una ruptura mía con García Márquez. Sabíamos que pensábamos diferente, pero cuando estábamos en el mismo lugar, por ejemplo México. La mujer de él no me quería nada, pero García Márquez se escapaba para conversar conmigo. Una vez me contó algo de Fidel muy divertido a propósito de mi libro Persona non grata. En una reunión, le decían a Fidel que había racionamiento de luz, de comida, de azúcar, tanto le decían que dijo: “entonces Edwards tenía razón”.

Vargas Llosa ha dicho que Gabo más que un intelectual era un creador. ¿Coincide?
¿Ha dicho eso? No he leído eso, pero es verdad. García Márquez no era verdaderamente un intelectual y por eso su adhesión al castrismo era más emocional que filosófica. Pero era un artista en el lenguaje, la prueba está en su escritura. A mí me gustan sus cuentos y novelas cortas.

¿Y Cien años de soledad?
Menos, me aburre.

Vargas Llosa dice que es la que va a quedar.
Vargas Llosa tiene sus opiniones, no estoy de acuerdo con él todo el tiempo. Encuentro en Cien años... una repetición de la fantasía. Yo tuve que leer por segunda vez Cien años... para enseñarlo en una universidad y verdad nunca he sufrido más, me aburrí como un loco. Por qué no lo voy a decir si es la verdad, es mi verdad.

¿Usted ha seguido a Roberto Bolaño?
Y no solo leí a Bolaño, sino fui la primera persona que presentó a Bolaño en Barcelona. Presenté Los detectives salvajes con Bolaño a mi lado. Él estaba muy contento de que lo presentara porque era un lector mío y escribió varias veces sobre mis cosas. ¿Qué puedo decirle sobre él? Es un escritor refinado, muy ocurrente, de una gran fantasía, pero al mismo tiempo yo diría que –y no es un defecto– es un escritor para escritores.

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El Mundo
Madrid – España
5 de julio de 2017

Literatura 50 aniversario
El biógrafo de García Márquez
desentraña sus dilemas
Gerald Martin y Daniel Samper examinan los dilemas, el entorno y el folclore
que llevaron a García Márquez a escribir su primera obra global

Gerald Martín, biógrafo del escritor colombiano Nacho Calonge

"Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede", recogía Gabriel García Márquez en el relato de la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo. Para ellos la vida era cambio, de la misma forma que lo es cada uno de los detalles de Cien años de soledad. En él, cada línea y cada palabra recuerda a un momento histórico y personal y nadie mejor que Gabo para explotar esa experiencia casi instantánea. "Tenía un universo primordial, original, de temporalidad estática", ha afirmado Gerald Martin, biógrafo del escritor colombiano. "Siento que nos adelantó a todos por la manera en que había regresado al pasado".

La publicación de Cien años de soledad, cuyo 50 aniversario se conmemora este año, convirtió a García Márquez en uno de los escritores más leídos y reconocidos del mundo. Su novela fundaba y clausuraba un género narrativo, el realismo mágico, que tuvo un inmenso influjo en escritores diversos que encontraron en sus páginas claves para contar las historias de sus respectivos países. "Es un libro único y abrumador que, a día de hoy, sigue siendo impenetrable. Tenía un nivel obvio y fácil de leer que no cambia en todo el transcurso -mismo tono, misma manera de narrar las cosas- aunque debajo había mil estratos diferentes".

Así, lejos de ser un libro anacrónico, confiesa que le parece más vigente ahora que hace 30 años por el arquetipo que realiza del tercer mundo. "Hay clásicos que vienen de arriba, como los de Borges, que parten de la abstracción, del pensamiento", ha reconocido, durante su intervención en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, Daniel Samper, periodista y escritor. "Cien años es el libro de la asimilación por parte de los latinoamericanos de su historia".

Pero García Márquez no se agota en él ni en el realismo mágico. Su obra se compone de crónicas, memorias, cuentos y novelas ancladas a la realidad, al igual que de columnas y trabajos periodísticos que sembraron una fértil escuela de periodismo narrativo en América Latina. "Yo creo en esa etiqueta. Al comienzo no me gustó el realismo mágico, pero ¿qué le vamos a hacer? Existe y existirá siempre. Y ya me está gustando", confiesa Martin que compró su ejemplar frente al Palacio de Bellas Artes en México DF, en 1968. Lo que se encontró fue la historia del continente en un momento dramático como paso previo al boom de la nueva novela latinoamericana. "No hay comienzos ni finales mejores que los suyos. El siempre atesoró el binomio: comienzo, nacimiento; fin, muerte".

En el caso del Nobel de Literatura 1982, cualquiera podía intuir lo que hacía, pero no discernir el cómo. Podía haber una historia o una saga familiar, pero ¿de qué se trataba? ¿Cómo funcionaba? "No hay ningún libro sobre el cual la gente repite tanto lo que se dice en éste. Sin embargo, me costó 20 años expresar algo inteligente sobre él", ha sostenido, al mismo tiempo que señala que sus dos objetivos favoritos de la obra son diáfano y radiante. "A pesar de ser todo luz, resultó totalmente oscura. Parecía absolutamente accesible, pero casi imposible de explicar".

Quizá como su autor. "Fue un hombre tímido y expansivo con sus amigos, tanto que podía cantar o bailar. Sin embargo, en reuniones grandes se enclaustraba en sí mismo, y cuando había gente le costaba mucho trabajo abrirse", ha explicado Samper. "No llevaba bien la popularidad. Dependía del humor que tuviese en ese momento". Lo que, también, influenció siempre su obra, incluido ésta que demuestra que los mitos son interminables y difíciles de descifrar pero que tienen orígenes e historias. La cuestión final, entonces, que plantea es: ¿Estamos todos condenados en el pasado? ¿O es nada más una época la que terminó? "Su libro planteó la pregunta en el 1967, la vuelve a hacer ahora y, si la humanidad sobrevive, la volverá a plantear planteando en 2067 cuando los Cien años de soledad llegue a su permanente fin".

1 de agosto de 2017

MEMORABILIA GGM 873



La W.radio.com
Bogotá – Colombia
27 de julio de 2017

Entrevista radial

Julio habla con Vargas Llosa:
'García Márquez no era
un hombre de ideas,
era un artista'



Se sugiere al lector escuchar la entrevista hasta el final que incluye comentario de Alberto Casas

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ALTERNATIVA
Bogotá – Colombia
23 de febrero de 1976

Comentario editorial

Gabo y Vargas Llosa

El trasfondo político

Detrás del folclórico incidente faldero-publicitario-pugilístico protagonizado por Vargas Llosa y García Márquez en México, existe un transfondo político que explica las verdaderas razones del enfrentamiento entre los dos escritores.

El comienzo del distanciamiento fue el caso del poeta cubano Heberto Padilla, cuando el nombre de García Márquez fue utilizado sin su autorización en un telegrama de protesta a Fidel Castro. A Barranquilla llegó desde París una solicitud para que Gabo firmara el telegrama de condena. Este se negó a hacerlo mientras no tuviera más información. A pesar de esto, Vargas Llosa y los demás intelectuales firmantes utilizaron su nombre.'

El segundo “round” político contra Vargas Llosa giró en torno al premio literario Rómulo Gallegos. Mientras García Márquez entregó públicamente el dinero de este premio al MAS (Movimiento al Socialismo) venezolano, Vargas Llosa se negó a dar el suyo a una organización de izquierda y lo deió para su cuenta bancaria.

El proceso peruano fue la gota que lleno el vaso. Vargas Llosa censuró abiertamente el traspaso de la gran prensa de ese país a las comunidades populares. García Márquez aplaudió el hecho como una conquista revolucionaria y criticó la actitud del novelista peruano.

Finalmente, la negativa de Vargas Llosa a colaborar con la resistencia del pueblo chileno, frente a la activa labor desplegada por García Márquez contra la junta de Pinochet, ha sido el más reciente contraste entre las actitudes de los dos escritores.

Este es el trasfondo político del resentimiento de Vargas Llosa con el novelista colombiano, que se busca disimular con la violencia personal, acompañada de boom publicitario y reclamos de faldas. Pero las verdades políticas no se disfrazan con puñetazos.

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Confidencial
Managua – Nicaragua
23 de julio de 2017

Opinión

¡Historia alucinante!
Crónica de una muerte anunciada, obra mayor de Gabriel García Márquez,
pasó en incubadora por veintisiete años.

Gabo y Juan Manuel Santos, presidente de Colombia

Existen tres libros de García Márquez —pese a su tamaño— que constituyen una trilogía inevitable en su universo narrativo: Relato de un náufrago (1970), Crónica de una muerte anunciada (1981) y Del amor y otros demonios (1994), cuya génesis proviene del periodismo. El mago de Aracataca transformó estas historias en un dechado de escritura.

El primero lo lanzó al estrellato desde la sala de redacción de El Espectador de Bogotá y el último nació después de recibir el Nobel. No son noveletas, como gustaba llamar el poeta José Coronel Urtecho, a estas producciones que no alcanzaban el número de páginas —según su entender— que les acreditara como tales. Relato de un náufrago, destella fulgores, después se convertirían en su marca de fábrica. Aparecen las mismas líneas de identidad que lo hermanan con Isabel viendo llover en Macondo (1955), escrito ese mismo año. Desata las primeras señales de un estilo inconfundible. Las dos revelan el esplendor de su pluma. Textos tallados por un orfebre consagrado. Son hijos de su ingenio.

Crónica de una muerte anunciada, obra mayor en sus andares de escritor, pasó en incubadora por veintisiete años. En la poética de Rosa Montero, equivaldría al embarazo de una elefanta. Fue hasta entonces que se produjo el parto. Esperó el tiempo necesario. La idea o argumento, anduvo rondándole el cerebro. Para la novelista española, entre más tiempo, mejor para parir una novela. El compromiso adquirido con Luisa Santiaga —su madre— lo inhibió por años.

Cuando apareció la narración, embrujó al mismísimo Ángel Rama. En el prólogo que escribió para una de sus ediciones —La caza literaria es una altanera fatalidad— se atreve a insinuar que fue García Márquez, quien arrebató la virginidad a Ángela Vicario. El montevideano subraya la sintonía del título con su contenido. Crónica en sentido estricto. Como la definen los textos. Se apegó al acontecimiento ocurrido en Sucre, el 22 de enero de 1951. García Márquez, hasta entonces disparó el obús. De lo contrario le hubiese estallado la cabeza. Escribir o morir.

La aparición de Crónica… generó enormes expectativas. La sociedad colombiana esperó con ansias la publicación. García Márquez tenía embobado a los lectores. El tiraje fue espectacular: un millón de ejemplares. Viendo hacia sus mayores, el portento fijó su mirada en Sófocles. Se inspira en Edipo Rey, celebérrima tragedia griega.

Todos sabían que Santiago Nasar era buscado por los gemelos Vicario —Pedro y Pablo— con la intención confesa de lavar la honra de su hermana. En esa suma de casualidades que constituye la vida, nadie fue capaz de evitar el crimen. Todo conspiró en su contra. Lo deslumbrante de Crónica… viene a ser su apego estricto a los hechos.

Rama afirma: El cotejo de este suceso trivial y, por qué no decirlo, trágico-cómico, con la mera línea de acciones de la novela de G. G. M., demuestra que la realidad ni siquiera sabe imitar al arte, disolviendo toda pretensión de que estuviéramos ante un ejemplo latinoamericano de non fiction novel como las de Truman Capote, Norman Mailer o Doctorow. Eso y más. Traspasa límites.

La relectura Del amor y otros demonios, me retropulsó al encuentro de estas joyas literarias. Aunque déjenme decirles, prosa, estilo y forma en Del amor y otros demonios, la sitúan en un escalón más alto que las dos obras citadas. La pergeñó en lenguaje preciosista. Salió en búsqueda de la palabra exacta, muestra garra y grandeza en García Márquez. Instala la historia en el siglo VIII, época del tráfico de esclavos en Cartagena de Indias.

Alumbrada con lenguaje soberbio. Igual hizo con la utilización de la jerga canónica. Una historia salpicada de abusos. El asesinato cometido por las autoridades católicas, exigía un lenguaje afín. El contrapunto a la fe ciega, esquizofrénica y obtusa, la ofrece el licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao.

Médico de oficio, dueño de una biblioteca infectada de libros prohibidos por el Santo Oficio. Agnóstico obstinado, Abrenuncio descree de la existencia divina, con la misma intensidad que asume sus creencias, el obispo de la diócesis, Toribio de Cáceres y Virtudes. Un religioso inflexible.

Con Cayetano, Abrenuncio comparte su amor desenfrenado por los libros. Los hermana su amor por la lectura. En la primera visita furtiva de Cayetano, al médico ateo, se sorprende al comprobar el tamaño de su biblioteca, tan grande como la que tiene bajo su responsabilidad. Se asombra al ver que posee toda la obra de Petrarca. ¡Santo cielo! exclama. Con doscientos libros más, añade Abrenuncio. Se entienden.

Descubre en sus anaqueles, infinidad de libros prohibidos. Está frente a un hombre que ha leído tanto como él. Le dejó curiosear. Embelesarse. Sentirse a sus anchas. Puso ante sus ojos, el libro cuyo final no pudo leer. (El obispo —su mentor en Salamanca— se lo quitó por prohibido.)

Una antigua edición sevillana de Los cuatro libros del Amadís de Gaula. ¿Sabe que este es un libro prohibido? Como las mejores novelas de estos siglos, responde Abrenuncio. Lo da prestado a Cayetano. ¿Cómo privarse de su mayor pasión? Decidió leerlo pese a estar en el índex. Un cura sabio, abierto a los desafíos religiosos.

Las gramáticas de lectura son abiertas, cada lector puede hacer la suya. Solo bastan gusto y sensibilidad. Con la salvedad que la interpretación no puede ser disparatada. Ese despropósito creo comete Frann Páez, en su Análisis de Cayetano Delaura en el amor y otros demonios (noviembre, 2010). García Márquez se refirió a las interpretaciones sobre algunas de sus obras.

Cuenta con humor, que su hijo Gonzalo, al contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres, para un examen de admisión, al preguntársele cuál era el símbolo del gallo en El coronel no tiene quien le escriba, con intención de tomarles el pelo, respondió: Es el gallo de los huevos de oro. El mejor calificado fue un joven que contestó, cómo lo había enseñado su maestro: El gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. García Márquez tenía pensado como final, que el coronel le torciera el pescuezo e hiciera con él una sopa de letras. Crítica abierta contra los malos maestros de literatura. Poseen una rigidez que asfixia.

El problema de Páez en su análisis Del amor y otros demonios, fue perderse en la claridad del día. Acude al análisis trascendente. Esto supone —según su juicio— tener vastos conocimientos del autor romántico y estos no se hallan, en el desarrollo de esta historia.

Juzga que el amor entre Cayetano Delaura y Sierva María de Todos los Ángeles, no es más que un amor cortés. Una lectura fallida. Al escoger al poeta Garcilaso de la Vega, por demás pariente de Cayetano, García Márquez lo hace con intención aviesa. El mismo título ofrece pistas.

El amor tienta al cura. No es más que el mismísimo demonio. Después de haber conocido a Sierva María, Cayetano quedó en estado de gracia. Para conjurar su crisis existencial: Pasó noches de delirio y días en vela escribiendo versos desaforados que eran su único sedante para las ansias del cuerpo. El deslumbramiento de Cayetano es carnal. El demonio del amor empezó a poseerle y comerle el alma. No pudo librarse de sus redes. Sus rogativas fueron vanas, había conquistado su corazón.

Cuando Sierva María posó ante el retratista del virrey, con su bella dignidad de negra, al verla, Cayetano cayó en éxtasis. Sentado en la sombra y viéndola a ella sin ser visto, le sobró tiempo para borrar cualquier duda del corazón.

Para librarse del demonio, recurre al suplicio: … se desnudó el torso, sacó de la gaveta del mesón de trabajo la disciplina de hierro que nunca se había atrevido a tocar, y empezó a flagelarse con un odio insaciable que no había de darle tregua hasta extirpar en sus entrañas hasta el último vestigio de Sierva María. Ese día, el obispo lo encontró revolcándose en un lodazal de sangre y de lágrimas. Es el demonio padre mío, le dijo Delaura. El más terrible de todos.

Garcilaso sirve de sedante. No solo a él. Cayetano recitaba sus versos a Sierva María. Ella los aprendió de memoria. En sus momentos de infortunio —lo asedian siempre— recurre al gran poeta. Le declara su amor y se redime ante ella. El desasosiego y la angustia se apoderan de Cayetano. Se inmola y sucumbe víctima de prejuicios religiosos.

La pareja muere de la misma forma: exorcizados, según la iglesia, por estar poseídos por el demonio. Sierva María, es sacrificada por la insidia católica, incapaz de contemporizar con la cultura y prácticas religiosas de los negros. Solo otro sacerdote —además de Cayetano— fue capaz de comprenderla: Santo Tomás de Aquino de Narváez, antiguo fiscal del Santo Oficio en Sevilla, su verdadero arcángel. Mostró la falsedad de las actas incriminatorias.

Capaz de salvarla de la intolerancia, murió. Se desconocen las causas. Una cadena de sucesos conspira contra Sierva María. El desarrollo de la trama en Del amor y otros demonios, viene a ser un tanto parecida a la tragedia que arrolla a Santiago Nasar. Cuando todo indicaba preservarle de la muerte, nuevos hechos la precipitan al vacío.

La historia nació el 26 de octubre de 1949. La abuela había contado a García Márquez, de una niña a quien le crecía el cabello. Cuando acudió al convento Santa Clara, se encontró una tumba, con una joven en situación similar. Originó esta historia.

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20 de julio de 2017

MEMORABILIA GMM 872



LA PATRIA
Manizales - Colombia
16 de julio de 2017

Columna

La nueva iglesia de García Márquez

Por Eduardo García A.
@Garciaguilar

En medio de los miles de homenajes que día a día, mes a mes y año por año hacen las autoridades en institutos, embajadas, consulados, universidades, palacios presidenciales, museos, bares, librerías, a Gabriel García Márquez, por cualquier motivo, ya sea un aniversario más de su libro máximo o cumpleaños de textos o hechos relacionados con su vida y obra, asistentes, escuchas y ponentes pierden a veces la perspectiva histórica de lo que significó su irrupción en el mundo literario en ese año 1967, cuando apareció Cien años de soledad en la editorial Sudamericana de Buenos Aires.

El fenómeno García Márquez será irrepetible porque el modelo romántico del escritor cervantino fundacional que representa a la nación, al continente y a la lengua surge de la confluencia milagrosa de la necesidad imperiosa de afirmación de un país, región o idioma en un contexto histórico y a su vez de la solidaridad y la sed de revolución experimentada por Occidente en un momento de cambios en paradigmas culturales y rechazo al colonialismo y a la guerra.

García Márquez, más que otras estrellas del boom en el momento como el cultísimo y afrancesado Alejo Carpentier, el moderno y urbano Julio Cortázar, el barroco y recursivo Augusta Roa Bastos o el realista y brillante académico Vargas Llosa, encarnó con su joven figura popular e irreverente, su aspecto peculiar de bigote y cabello encrespado a lo african look y camisas de flores y pantalones rojos, al escritor que desde un origen muy humilde y desde una región periférica accede a las más altas esferas de la gloria literaria en vida y se convierte en el padre de la patria, como ocurrió en su momento con Victor Hugo, Walt Whitman o Leon Tolstoy, entre muchas otras figuras de ese tipo, a su vez irrepetibles.

En la Europa de los tiempos de mayo del 68 había una intensa sed de revolución y de rechazo al imperio estadounidense que hacía la guerra de Vietnam y mataba a Martin Luther King o apresaba a Ángela Davis y las generaciones del momento en esa vieja región cargada de monumentos e historia quedaron fascinadas por los insurgentes barbudos cubanos y sus seguidores guerrilleros que proliferaron en el continente latinoamericano y se convirtieron en modelo de insurgencia armada en muchas partes del llamado Tercer Mundo.

América Latina se puso de moda como un símbolo cultural y erótico. A un lado estaba el mártir crístico y barbudo revolucionario Ché Guevara, cuya imagen yaciente recorrió el mundo ese mismo año 1967 y después se convirtió en un ícono aun vigente medio siglo después. Al otro lado, como la otra cara de la moneda, aparecía ese mismo año Gabriel García Márquez, el escritor popular que accedía con Cien años de Soledad a las altas esferas de la gloria literaria, hasta entonces reservada a los autores de las grandes potencias coloniales.

Medio siglo después, ya afirmada América Latina en su fuerza cultural, económica y política, las nuevas generaciones del mundo miran hacia otras culturas como las asiáticas, africanas, nórdicas e incluso leen en su mayoría a los autores anglosajones que a ambos lados del Atlántico escriben en inglés. América Latina ha pasado de moda y aunque se publican algunos libros y surgen fenómenos póstumos como el de Roberto Bolaño, el continente se inscribe ya en el marco de esa cultura globalizada mundial, digitalizada por la red de internet y sus clubes sociales como Facebook, Twitter, YouTube y muchos más, foros donde la cultura y la vida por ahora encuentran un escenario y un modo de difusión para las nuevas generaciones.

García Márquez ha sido cooptado por las autoridades legislativas, ejecutivas, judiciales, eclesiásticas y militares como un ícono nacional y continental y casi viene a suplantar poco a poco al himno nacional con su inolvidable "Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya". Asociaciones, institutos, academias y premios cuentísticos, cinematográficos y periodísticos que llevan su marca proliferan y se reproducen como champiñones de manera exponencial en todas partes recaudando jugosas donaciones o presupuestos.

Presidentes, alcaldes, embajadores, cónsules, ministros, rectores de universidades y colegios, se han convertido en la nueva clerecía de una especie de religión gaboteológica que devora presupuestos, papel para libros y afiches, imágenes para billetes y monedas y aplasta y relega a toda otra expresión literaria que no sea la del Nobel omnipresente, omnisciente, omnipotente y omnívoro.

Semana tras semana, mes por mes, año por año, todos los calendarios institucionales se coordinan para celebrar de una y otra forma su eternidad y uno no sabe ya si es al propio García Márquez a quien se celebra o si son los propios clérigos de la garciamarquia los que se autoengrandecen y logran así existir y protegerse del olvido y el anonimato bajo la iluminación de las lengüetas de fuego que emanan desde sus tonsuras ígneas, por la fuerza divina del nacido en Aracataca, como Jesús lo fue en Belén.

No tardarán tal vez algún día en reunirse esos prelados de todos los orígenes y pelambres en Cartagena de Indias, trajeados con impolutos liqui-liquis o guayaberas bordadas para celebrar un cónclave secreto en torno a sus cenizas, destinado elegir a un papa de la nueva religión, una especie de Pedro fundacional o Aureliano o Melquíades o José Arcadio sobre quien construir la poderosa Iglesia garciamarquina.

Ya los imagino ahí a todos congregados en ese concilio donde las diferentes fuerzas y tendencias gabópatas, gabófilas o gabomaniacas pugnarán para imponer a uno de los suyos y ya siento el fulgor y la alegría del pueblo que acudirá en masa a la fiesta al ritmo de los vallenatos de Escalona, cuando salga la miríada de mariposas amarillas desde alguna chimenea para anunciar que al fin "habemus papam" macondiano. Será la primera de una larga serie de pontífices que reinará a lo largo de los próximos siglos desde su Vaticano cartagenero, bajo la supervisión celeste y mamagallística de Don Gabriel.

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EL PAÍS
Cali - Colombia
11 de julio de 2017

Columna

Vargas Llosa y García Márquez

Por: Santiago Gamboa

A todos los que nos interesa la literatura nos ha conmovido o irritado la reciente charla de Vargas Llosa sobre García Márquez en el marco de la universidad de verano de la Complutense de Madrid (disponible en Youtube). A mí me produjo en simultánea las dos sensaciones, aparentemente contrarias: me conmovió y me irritó. ¿Por qué? En ella Vargas Llosa es interrogado por Carlos Granés, con gran acierto, haciendo que el peruano diga cosas que probablemente son una primicia sobre su relación con García Márquez. Pero el meollo del asunto es que Vargas Llosa, de un modo muy elegante, viene a decir que García Márquez decidió seguir apoyando a Cuba después del Caso Padilla para medrar en el ecosistema literario mundial, que era de izquierda, y no tener problemas, mientras que él, coherente con la posición difícil, se tuvo que tragar la lluvia de acusaciones que en esa época significaba enfrentarse a Cuba. ¿Y qué hay detrás de esa frase? Es como si Vargas Llosa dijera: si yo no obtuve más éxito mundial fue por mi coherencia política. Si no fui tan famoso y célebre como García Márquez fue por la fidelidad a mis ideas. Esto implica afirmar lo contrario: que García Márquez llegó lejos por su incoherencia, por su entrega a lo fácil, por no adoptar la posición difícil que, en cambio, sí adoptaron amigos suyos como Plinio Apuleyo Mendoza.

A pesar de que Vargas Llosa se refiere a ‘Cien años de soledad’ en términos admirativos, lanza una bomba de mecha lenta contra su rival, para que explote más adelante. Vargas Llosa quiere dejar sentado ante la posteridad que García Márquez, por ser un pragmático, decidió no oponerse a Cuba, y que eso impulsó su fama universal y su fuerza literaria. Y seguramente su Nobel. No hay que olvidar que Vargas Llosa le pegó un puño a García Márquez en México cuando eran los mejores amigos, en 1976. Algunos dicen que hubo un lío de faldas. Otros que fue el puño de un escritor a otro que lo supera.

Hay que ver el contexto: cuando se publica ‘Cien años de soledad’, el autor latinoamericano de más proyección era el joven Vargas Llosa. Era él el dueño de todas las miradas, el que conquistaba Europa país por país con sus excelentes libros. Hasta que se publica ‘Cien años de soledad’, en 1967, y Vargas Llosa pierda su trono de autor latinoamericano novedoso y al alza. Con ‘Cien años’ todas las miradas se vuelven hacia GGM y no hubo ya nada qué hacer. El éxito universal del libro y el nacer de Gabo como un artista excepcional al que todos los notables del mundo querían invitar a su casa fue el pan cotidiano. Algo que no debió dejar tranquilo al joven Vargas Llosa de esos días que, por un par de años, alcanzó a probar la fruta del éxito exclusivo. Es el problema de toparse con un grande: como Ronaldo con Messi, en fútbol. Como Federer con Nadal, en tenis.

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Una vieja nota interesante del fundador del nadaísmo. N del E.

CROMOS
Bogotá - Colombia
N°2.661
11 de noviembre de 1968

Columna.

Gabo: el filósofo macondino

Por Gonzalo Arango

Gabriel García Márquez es, para mi gusto, el mejor novelista colombiano de todos los tiempos. En Europa dicen que Cien años de soledad es El Quijote latinoamericano, o sea, el Cervantes de este continente. Gabo, fuera de sus novelas en las que mete el más maravilloso arsenal de magia y realidad, nunca se ha “tomado en serio”. En sus reportajes periodísticos, bromea, frivoliza, se sale por la tangente. Es decir, no trascendentaliza al estilo aburrido y pedante de los intelectuales que no trabajan ni crean, pero que posan para la inmortalidad dando declaraciones lapidarias, conceptos aristotélicos, hablando de lo que no saben, dogmatizando sobre el cielo y la tierra. Gabo, al revés, se toma en serio en la soledad paciente de su trabajo, pero a la hora de la verdad, su obra saca la cara por él, y en sus libros está dicho todo. Lo demás es pasabocas.

Por eso me sorprendió un reportaje que publica la revista Enfoque internacional, que dirige José Arizala, y en donde García Márquez habla de su trabajo, de su pensamiento estético, de los compromisos del arte en la realidad social, y que me parece constituye su verdadero “credo” como novelista. Nunca antes había leído una confesión tan sincera y “seria” del gran escritor colombiano. Por eso considero necesario divulgar más extensamente lo que piensa Gabo de sí mismo y de Cien años de soledad. Con ese fin elaboré esta síntesis:

No soy dogmático

Siempre estoy experimentando, por eso mis teorías literarias cambian todos los días. No tengo una fórmula. El día que tenga una formula estoy acabado. Me contradigo. Quien no se contradice es dogmático, y ser dogmático es ser reaccionario. Yo no quiero ser reaccionario.

Contra la pared

La mala hora me colocó contra la pared. Pero sin La mala hora yo no habría podido escribir Cien años de soledad. Porque al quedar contra la pared, tuve que romper la pared. En distinto sentido, Cien años de soledad me ha vuelto a dejar en la misma situación. Pues bien, tengo que romper de nuevo la pared. Aspiro a que cada novela me coloque contra la pared.

El peligroso realismo

En La mala hora quise hacer un realismo directo. Quise comprometerme con una realidad que me había impresionado mucho: la violencia. Yo no podía ser indiferente a esa realidad. Y resultó mi peor novela. Porque en ella caí en las formulas, caí en lo que ahora algunos me piden que haga.

El escritor no es líder político

Hay gente que cree que los novelistas somos historiadores o políticos. Pero no nos pueden pedir que arreglemos todo. En mi viaje a Suramérica me di cuenta que la gente, especialmente la juventud, busca un líder. Y cuando surge un escritor, le piden que sea líder. No. Nosotros contamos cuentos. Yo escribo ahora lo que me sale del alma, creo que eso hace más por cambiar la situación, hace más por el país. Tengo una ideología, y a través del lente de esa ideología veo todo y hago cuentos. Caperucita Roja es un cuento que tiene ideología.

La dignidad del artista

Hemos reaccionado contra lo que podría llamarse el escritor mendicante. Antes los escritores querían ser una carga para la sociedad, que la sociedad los mantuviera, los subvencionara. Pero cualquier subvención compromete al escritor. Y esto es válido para todo tipo de sociedad. Esto es terriblemente peligroso, y es algo que me inquieta. Yo nunca he recibido una subvención, una beca, nada por el estilo. Cada centavo me lo he ganado con mi máquina de escribir. Ahora puedo vivir de lo que escribo, no porque escriba mejor ni distinto, sino porque he trabajado veinte años.

Ser rebelde siempre

El escritor debe mantenerse siempre independiente, debe ser siempre rebelde, en cualquier sociedad, porque la sociedad es infinitamente perfectible.

Vamos a ver quién gana...

Todo es real en Latinoamérica. Por eso no creo que en mi novela haya una mistificación perjudicial de la realidad. Por ejemplo: relato la masacre de las bananeras en una forma que puede llamarse falsa, superficial, sin documentos históricos. Pero el hecho es que ahora hay en América 80 mil lectores que saben que en Colombia, en las bananeras, hubo una masacre. Antes no lo sabían. Yo describo la mecánica del hecho. Y cuando alguien me decía que este libro era peligroso yo digo que hubo tres mil muertos y que en realidad no hubo sino veintiséis, pero ustedes los informadores oficiales, reducen la cifra a veintiséis, yo la aumento a tres mil, a ver quién gana.

Yo voy mis restos a García Márquez: porque es de los pocos escritores que en Colombia juegan limpio, y lo han apostado todo a la belleza y a la verdad, con una honestidad profunda, lúcida, y digna del arte.

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REVISTA JET-SET
Bogotá – Colombia
28 de junio de 2017

Nota de prensa


Gonzalo García Barcha,
el hijo artista de Gabo
.

Por redacción de Jet-Set

Aunque prefiere mantener un perfil bajo, los medios de comunicación no lo olvidan, y menos ahora cuando acaba de salir la edición conmemorativa del medio siglo de Cien años de soledad, en la que participa como tipógrafo. El heredero del nobel literario es editor de libros, artista plástico e ilustrador.

Gonzalo García Barcha se crió en México, estudió en Nueva York y creció profesionalmente en París. No obstante adora los vallenatos y la comida colombiana.

Gonzalo García Barcha es el hijo más reservado de Gabriel García Márquez. Su hermano, el cineasta Rodrigo García, también lo es, pero a fuerza de promocionar sus películas le ha tocado mojar más prensa.


García Barcha, quien es ilustrador, artista plástico y tipógrafo, vive en París, donde aprovecha cada viaje en el metro para utilizar una aplicación de su iPhone para dibujar a mano alzada como si lo hiciera exactamente sobre papel. Es más, varias de estas imágenes, casi todas de rostros y figuras humanas, fueron trasladadas al óleo como parte de una exposición que tituló Panorama y que presentó en la galería Espacio Mario Rangel Faz, de Ciudad de México.


El ambiente cultural de la Ciudad Luz lo inspira. Un día va al Museo de Louvre o a las galerías del Barrio Latino cerca del río Sena. Lo hace solo o secundado por su esposa Pía Elizondo, una fotógrafa de la escuela documentalista que retrata las ciudades sin el ‘maquillaje’ del photoshop. La pareja, que comparte algo más que la afinidad artística, prefiere vivir lejos de la sombra de Gabriel García Márquez. Cuando Gabo estuvo enfermo fueron muy amables, pero un poco lacónicos con los periodistas que cubrieron la lamentable noticia.


Gonzalo estudió diseño en Parsons School of Design, en Nueva York, donde de manera persistente se dedicó a una de las aficiones más curiosas del mundo: la recolección de tipo de letras antiguas o clásicas de los primeros libros impresos en la España precolonial y en los virreinatos de América. Cuando ya tenía una colección tipográfica relativamente grande decidió vivir del mercado editorial.
En México fundó El equilibrista, una imprenta de libros de lujo y vanguardia que más tarde creció en aras de llegar a los nichos de mercado de los cineastas con los que creó títulos y créditos para el cine y la televisión. Hace unos años colaboró en las películas Grandes esperanzas, de Alfonso Cuarón; Nine lives, con la actriz Jennifer Garner (sic); y Diez historias de amor, que dirigió su hermano Gonzalo (sic) García Barcha.


Los hijos de Gabo no nacieron escritores, pero siempre han estado ligados de una u otra manera al mundo de la literatura. Gonzalo se encargó de buscar un tipo de letra exclusivo para una edición especial de 200 ejemplares de Vivir para contarla, la única obra realmente biográfica de su padre.
Según la prensa mexicana este ha sido uno de sus trabajos predilectos. La fuente tipográfica que utilizó lleva el nombre de Enrico Martínez, fundidor e impresor de la Nueva España en el siglo XVII, quien fue visionario al buscar modelos de letras en el mercado editorial de los Países Bajos. Recientemente también se unió a la fiesta editorial por los 50 años de uno de los libros más leídos de la historia, Cien años de soledad, con una edición ilustrada de Penguin Random House. García Barcha también se encargó del diseño tipográfico.

“Empecé a pintar a la edad en la que lo hacemos todos. Mi pasión por los símbolos fue un poco más tardía. Nació del placer de inventar y descifrar códigos. Con el trazo de las primeras letras entendí cómo funcionaba un sistema de símbolos. Lo que me inició en la tipografía”, dijo el artista.
El mundo laboral de Gonzalo en apariencia pertenece a una élite intelectual, pero no. García Barcha de vez en cuando se interesa por las letras de los niños. Para él, entre más infantiles, mucho mejor.

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“Ediciones del Equilibrista”, una de las divisiones de Elzevir Editores S. A. de C. V., la empresa editorial de propiedad de Gonzalo García Barcha, publicó un pequeño libro con el cuento de Gabriel García Márquez, El rastro de tu sangre en la nieve. Aquí el ejemplar en la biblioteca de MEMORABILIA GGM.