14 de septiembre de 2017

MEMORABILIA GGM 875



Publicado por cortesía de su autor
Letralia
Cagua – Venezuela
Septiembre de 2016

Antes y después: 50 años de la novela cumbre de García Márquez

Dos instantes mágicos
de Cien años de soledad

Por Jaime De la Hoz Simanca

I

Los antecedentes de Cien Años de Soledad parecieran ser infinitos. En realidad, es imposible precisar el momento en que nace ese mundo fantástico que habría de iniciar vuelo el martes 30 de mayo de 1967, día y año de la aparición de la novela en Buenos Aires, Argentina. Su autor, Gabriel García Márquez, la fue fraguando en medio de una vida incesante y creativa que terminó el 17 de abril de 2014, en Ciudad de México.

Desde la infancia, García Márquez fue un soñador de imaginación viva, la cual fue alimentando gracias a sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, la matrona que, al igual que la tía Petra, contaba los hechos más inverosímiles con una cara de palo sin par, al decir del mismo nieto, muchos años después.

El viejo Nicolás, en efecto, fue el encargado de poblar con extrañas imágenes el universo mental de Gabo: desde aquel acompañamiento para que contemplara un dromedario en el circo, hasta los relatos de hechos sangrientos que se sucedieron en la Guerra de los Mil días, donde había participado el coronel.

Tranquilina, por su parte, se dedicó a contar a su nieto historias mágicas, –que después asumieron formas de realidad objetiva– paralelas a la otra realidad, la verdadera, en la que se desenvolvía la cotidianidad de aquel infante que, poco a poco, fue perdiendo el asombro y la perplejidad.

Varios investigadores del libro emblemático del Premio Nobel colombiano, por tales razones, apuntan que Nicolás y Tranquilina se encarnarían en los personajes del coronel Aureliano Buendía y de Úrsula Iguarán, quienes se ubican en la cúspide de ese intrincado árbol genealógico que conforma un mundo literario inolvidable.

 Pero Nicolás y Tranquilina configuran, apenas, la punta del iceberg de lo que podrían llamarse antecedentes de Cien Años de Soledad. La afición de Gabito por la lectura, especialmente los relatos y la poesía, iría alimentando su deseo de contar todo aquello, algún día. No era fácil, por supuesto. Antes, había que incursionar en el terreno de la escritura; es decir, buscar recursos que permitieran volcar las ensoñaciones reprimidas. El escritor encontró en la poesía misma, y en las cartas de colegiales adolescentes, la manera de comunicar hacia el exterior las imágenes fantasiosas que se iban acumulando en su cerebro.

Sin embargo, el “daño” estaba hecho. El niño Gabito y, luego, el joven Gabo, se acostumbró a una forma de ver el mundo circundante. Todo lo que lo rodeaba era visto a partir de aquella exuberancia de que hicieron gala los abuelos durante varios años.

Mario Vargas Llosa, en el profundo estudio que realiza en Historia de un deicidio, expresa, al comienzo de la obra, la impresión que le causó García Márquez al escucharlo por primera vez:

“Entre todos los rasgos de su personalidad hay uno, sobre todo, que me fascina: el carácter obsesivamente anecdótico con que esta personalidad se manifiesta. Todo en él se traduce en historias, en episodios que recuerda o inventa con una facilidad impresionante. (…) Al contacto con esta personalidad, la vida se transforma en una cascada de anécdotas. (…) Esta personalidad es también imaginativamente audaz y libérrima, y la exageración, en ella, no es una manera de alterar la realidad sino de verla”.

De tal manera que, asumida como una forma de vida, el trabajo cotidiano de García Márquez consistió en darle salida al universo que comenzaba a atragantarse y el cual comenzó a llamar Macondo en sus primeros artículos y relatos hasta convertirse, en la histórica novela y posterior  a esta, en aquel pueblo que terminó habitándonos a todos. ¿Quién no lleva a cuestas su propio Macondo?

Hasta donde se sabe, la primera mención de Macondo, en la obra redonda de García Márquez, aparece en un cuento: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, publicado en 1955, es decir, cuando su autor cuenta con 28 años y defiende su subsistencia con las crónicas y reportajes que publica en el diario El Espectador, de Bogotá. Extrañamente, en el relato sólo aparece la mención del mítico pueblo en el título, pero, es indudable, que el rompecabezas comenzaba a armarse, pues allí está la lluvia torrencial, la nostalgia y los recuerdos, la exageración de los rasgos de la realidad y ese tono narrativo que habría de asumir más cuerpo en las novelas posteriores y, por supuesto, en Cien años de soledad.

“Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor”

Antes de la publicación del cuento en referencia, García Márquez se ha desempeñado como redactor del diario El Heraldo, de Barranquilla, donde publica columnas de opinión que, en el fondo, son minicrónicas de hechos acaecidos en cualquier lugar del mundo, o historias edificadas a partir de la hiperbólica imaginación del escritor. En esa época, o desde mucho antes, ya se mueve el mundillo de Macondo, tal como lo refiere Gabo al investigador literario Luis Harss:

“Yo empecé a escribir Cien años de soledad cuando tenía dieciséis años… Escribí en ese momento un primer párrafo que es el mismo primer párrafo que hay en Cien años de soledad. Pero me di cuenta que no podía con el ‘paquete’. Yo mismo no creía lo que estaba contando, me di cuenta también que la dificultad era puramente técnica, es decir que no disponía yo de los elementos técnicos y del lenguaje para que esto fuera creíble, para que fuera verosímil. Entonces lo fui dejando y trabajé cuatro libros mientras tanto…”

 En efecto, las cuatro obras que menciona García Márquez son tres novelas y un libro de cuentos. La primera es La hojarasca, la cual había empezado a escribir en 1950 y cuya publicación se produce cinco años después, poco antes de irse al exilio en París. La segunda es El coronel no tiene quien le escriba, esa pequeña joya que fue publicada por primera vez en la revista Mito, en 1958. La tercera es La mala hora, novela que gana el Premio Esso en 1961. La publicación, bajo el sello Editorial Esso, Madrid, se hizo un año después. Y la cuarta obra es Los funerales de la mamá grande, cuya primera edición es de la Universidad Veracruzana de Xalapa, México, año 1962.

Hoy podría afirmarse que estos libros constituyen una especie de etapa preparatoria que permite luego llegar a Cien Años de Soledad. Se trata de un tránsito largo o, si se quiere, una encarnizada pelea con el lenguaje pensando, eso sí, en alcanzar el perfeccionamiento necesario para dibujar el mundo macondiano. Así, en las novelas mencionadas y en los cuentos En este pueblo no hay ladrones y La siesta del martes, incluidos en Los funerales de la mamá grande, hay mención de Macondo, descripciones, situaciones, hechos, instantes mágicos, hipérboles gigantes y personajes con los mismos nombres que aparecerán después en el best seller que irrumpió como un rayo en el panorama de las letras hispanoamericanas.

El instante preciso de la concepción de Cien años de soledad lo refiere Óscar Collazos de la siguiente manera: “En aquel enero de 1965, ya no era una imagen aislada, tan evocadora como acuciante. Durante dieciocho meses –cuenta García Márquez y lo repiten los cronistas– la ‘Cueva de la Mafia’ se convirtió en el espacio de un recluso voluntario que vio cómo se acumulaban las deudas, se vendía el ‘Opel’ y las facturas llegaban a los diez mil dólares. Dos, tres paquetes de cigarrillos diarios. Ocho y diez horas ante la máquina de escribir. Los primeros capítulos definitivos van a parar a manos de sus amigos. Otros aparecen en revistas…”.

II

 Cuentan los biógrafos que la primera edición de Cien años de soledad, cuyo tiraje fue de ocho mil ejemplares, se agotó en veinte días. En realidad, se había creado una gran expectativa, pues los primeros avances fueron publicados por revistas especializadas en literatura. En especial, Primera Plana, dirigida en ese entonces por el escritor Tomás Eloy Martínez, autor de la novela Santa Evita, y uno de los más cercanos a Gabo.

Eloy, quien conoció de la obra a través de Francisco Porrúa, editor de Sudamericana, publicó en su revista una entrevista con García Márquez, escrita por Ernesto Schoo, enviado especial a México. Todos los movimientos para la promoción los hizo Porrúa, quien encargó la portada a la ilustradora Iris Pagano en vista de que la del pintor méxico-español, Vicente Rojo –encargada por García Márquez– no llegó sino para la segunda edición.

Lo que hoy todavía constituye un misterio es el rápido grado de popularidad que alcanzó la novela. Algunos testigos de la época han escrito que en los supermercados de Buenos Aires veían salir a las mujeres con sus bolsas de alimentos en las que se alcanzaba a ver asomado el ejemplar codiciado. Así mismo, el mundillo intelectual comenzó a agitarse con la buena nueva de una obra que contaba en 350 páginas la historia de la familia Buendía y el génesis y apocalipsis de Macondo.

  García Márquez y Mercedes Barcha, su esposa, llegaron al aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, en la madrugada del 16 de agosto, cuando la novela seguía vendiéndose en medio de un vértigo increíble. Y su presencia en aquella ciudad aumentó mucho más la aceptación de Cien años de soledad. Eloy Martínez relata la siguiente anécdota:

“Aquella misma noche fuimos al teatro del Instituto di Tella. Estrenaban, recuerdo, “Los siameses” de Griselda Gambaro. Mercedes y él se adelantaron a la platea, desconcertados por tantas pieles tempranas y plumas resplandecientes. La sala estaba en penumbras, pero a ellos, no sé por qué, un reflector les seguía los pasos. Iban a sentarse cuando alguien, un desconocido, gritó “¡Bravo!”, y prorrumpió en aplausos. Una mujer le hizo coro: “Por su novela”, le dijo. La sala entera se puso de pie. En ese preciso momento vi que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrado aleteo de sábanas, como Remedios la bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos tiempos de luz inmunes a los estragos de los años”.

Una respuesta a lo que algunos consideran “milagro literario” fue dada por Vargas Llosa en el sentido de que Cien Años de Soledad constituye un laberinto por su complejidad, pero también una avenida solitaria por su facilidad. Es decir, una novela para lectores exigentes y también para medianías intelectuales. Hay de todo, como en botica. Podría analizarse el intrincado tiempo psicológico de la obra o divertirse con el destino de cada uno de los personajes. En fin, una novela para todos los públicos; no obstante, dotada de una fuerza inconmensurable que, por su atractivo y poder de seducción, se sitúa al lado de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

Después de la aparición del mítico libro, llegaron los premios, los reconocimientos, las traducciones y otras obras que también hacían referencia a Macondo, el villorrio universal sin tiempo ni espacio. Inicialmente, Cien años de soledad fue destacada por El Mundo, diario español que la consideró como una de las 100 mejores novelas en español del siglo XX; así mismo, el diario Le Monde, de Francia, la incluyó en la lista de los 100 libros del siglo XX.

Por otra parte, en 1972 la novela ganó en Venezuela la segunda edición del Premio Rómulo Gallegos. También obtuvo en Francia el Premio al mejor libro extranjero, y el Premio Chianchiano en Italia, país donde el nombre de la mencionada obra fue puesto a una plaza del pueblo sardo de Perdasdefogu, en el que se instaló una placa en homenaje a su autor. De igual manera, y cuando apenas la fama de la novela alzaba vuelo, fue calificada por la crítica especializada de Estados Unidos como uno de los doce mejores libros de la década del sesenta.

Adicionalmente, el instante de apogeo de Gabo lo constituyó el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 1982. Al respecto, uno de los jurados, el sueco Arthur Lundkvist, ante la pregunta de por qué le dieron el Nobel a García Márquez, expresó a Eligio García, su hermano menor, que “por toda su obra, pero especialmente por Cien años de soledad, que ha tenido mucho éxito también en Suecia”.

Después del Premio Nobel, Macondo siguió apareciendo en obras posteriores a Cien Años de Soledad. Así, encontramos al mágico pueblo en Crónica de una muerte anunciada, novela trágica que fue publicada en 1981. Igualmente, en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, donde Macondo es visitado por la abuela, Eréndira y la caravana que secunda el camino.

En cuanto a las traducciones, llovieron una tras otra. Se calcula que la novela ha sido traducida a más de 40 idiomas y que ha vendido más de 50 millones de copias sin incluir las ediciones piratas en muchos países. La que más alabó Gabo fue la traducción al inglés hecha por Gregory Rabassa, un especialista en literatura latinoamericana que también trabajó obras de Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar.

En 2007, se presentó en Cartagena la edición conmemorativa de Cien años de Soledad, lo que constituyó el más reciente acto de exaltación de la gran novela. Fue un acto público en el que participó el autor, un hombre de 80 años a quien ya se le notaban los estragos del paso del tiempo. Pero con la lucidez intacta y la memoria nítida para los recuerdos de aquellos instantes de gloria y pesadumbre.

La edición fue supervisada por Gabo y en ella hay estudios previos de Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Víctor García de la Concha, Claudio Guillén, Pedro Luis Barcia, Juan Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio, Sergio Ramírez y Mario Vargas Llosa, quien autorizó la reproducción de algunos textos de su monumental Historia de un deicidio. Se trata de un volumen de 606 páginas cuyo tiraje fue de un millón de ejemplares. En el evento, con manos temblorosas y voz firme, dijo Gabo:

“Ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien Años de Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores, y hacia un artesano, insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido. Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de Cien Años de Soledad no son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua castellana esperando, hambrientos, de este alimento”.

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Las 2 orillas
Bogotá – Colombia
2 de septiembre de 2017

En su discurso en la
Casa de Nariño,
el papa prefirió citar más
a Gabo que a la Biblia
“La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años. No queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más”

Por: Las2orillas

En la Plaza de Armas de la Casa de Nariño, el Papa Francisco dio su discurso a las 9 de la mañana. Desde temprano se estuvo esperando las palabras del líder de la Iglesia Católica, quien también habló frente a más de 2.000 jóvenes en la Plaza de Bolívar, recordándoles que deben permanecer unidos y mantener la esperanza para buscar la paz. Además, Francisco fue recibido por un millón de personas en el Parque Simón Bolívar, donde la gente lo estuvo esperando desde las 5 de la mañana. La felicidad y el fervor se sintieron en el ambiente tras su llegada y paseo en el papamóvil a través del parque.

Este es el discurso leído por Francisco:

Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y señores.

Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.

Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.

Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza pródiga no sólo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.

Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).

El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202). En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.

La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz –como dice la letra de vuestro himno nacional–.

Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).

Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza… La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.

Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia.

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Publicado por cortesía de su autor

Diario Occidente
Cali – Colombia
14 de septiembre de 2017.

Columna de opinión
Francisco: Papa gabólogo

Por Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Al Papa Francisco le conocíamos: su humor, su afición futbolera, su conciencia ecológica, sus mensajes a la juventud, su defensa de los más débiles, sus conocimientos sobre problemas políticos y económicos, latinoamericanos y mundiales, su pensamiento incluyente y su política conciliadora. Pero esta vez nos sorprendió con sus referencias a la letra del Himno Nacional de Colombia y al discurso “La soledad de América Latina”, pronunciado en 1982 en Estocolmo por nuestro Premio Nobel de Literatura.

Nos mostró otra de sus facetas, su pasión por la literatura, la poesía y la narrativa. Las palabras del Papa Francisco sí supieron darle vigencia al poema de Rafael Núñez, convocándonos a mirar de frente y a sus ojos a los pobres. “Ellos que entre cadenas gimen sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz”.

Sus palabras exhortaron para que donde todavía cultiven el amor patrio, no se conformen con sólo el enseñar a cantarlo, es decir, simplemente repetirlo.

Convocó tácitamente a que cuando interpretemos su letra, entonando sus analogías y metáforas, también reflexionemos sobre su connotación histórica y social. Francisco, a renglón seguido en su discurso, también se mostró como gran admirador de Gabo.

“Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez… Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”

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10 de agosto de 2017

MEMORABILIA GGM 874



PanAm Post
Miami – Florida
5 de agosto de 2017

Opinión

Cien años de soledad: 
la novela más 
sobrevalorada de la historia

Por Alejandro Jenkins Villalobos*

Aunque son muchos los críticos eminentes y respetables que la han catalogado como una de las mayores novelas jamás escrita, personalmente encuentro que Cien años de soledad es débil, incluso comparada con otras de las novelas de Gabriel García Márquez (mi favorita es El general en su laberinto). Aunque me considero una persona culta y versada en la literatura en español, me tomó un esfuerzo considerable para poder acabarla, y solo pude pasar de las primeras cincuenta páginas en mi sexto intento.

No cabe duda de que la idea detrás de Cien años de soledad, crear una saga mítica para la Latinoamericana independiente, es atractivamente ambiciosa; pero encuentro que la ejecución concreta de ese proyecto es casi totalmente exánime. El problema fundamental está en que prácticamente no hay ningún personaje en la novela que pueda despertar verdadero interés en el lector, o que siquiera tenga una personalidad bien definida (solo la chacaca Fernanda del Carpio, con sus locas ínfulas aristocráticas y catolicismo fanático, me pareció un personaje más o menos convincente).

El propio García Márquez debe haber estado consciente de esto, porque repite los mismos nombres, hasta que uno ya ni sabe bien quién es quién (más de una vez me faltó la energía para detenerme a desenredar de cuál Aureliano o José Arcadio se trataba). Pero esto es una enorme debilidad en una obra literaria, que me recuerda al chiste de Evelyn Waugh en Decline and Fall sobre una película vanguardista que fracasó en la taquilla por “su austera exclusión de todo personaje humano”.

Quizás una trama suficientemente interesante podría sobreponerse a esto, pero la verdad es que la historia que se cuenta en Cien años es casi tan inerte como sus personajes. El mundo que se pinta en la novela es no solo física, sino también moral y emotivamente irreal. Hasta el supuesto clímax del libro, la masacre de tres mil trabajadores bananeros (episodio inspirado por un controvertido acontecimiento en la historia moderna de Colombia, la Masacre de las bananeras en 1928), le acaba pareciendo a uno otra arbitrariedad narrativa, en el mismo plano que la plaga de insomnio, o el que lluevan flores amarillas sobre Macondo.

Hay otro aspecto de Cien años de soledad (por cierto, ¿qué significa ese título?) que no dejó de molestarme por un largo tiempo, sin que pudiera decir yo exactamente de qué se trataba. Ahora me percato de que es la manera tan artificial en que García Márquez recluta a la historia de la ciencia (¡de entre todas las cosas de las que podría haber echado mano!) en su empresa de establecer un mito.

Me doy cuenta ahora de que ese es, en realidad, un vicio característico de la intelectualidad colombiana moderna. En un grado quizás aún mayor que el de otras naciones latinoamericanas, Colombia tiene una historia sangrienta y opaca, en que suele ser difícil siquiera entender por qué una facción estaba matando a otra en un momento dado. Tradicionalmente, esto ha alimentado la esperanza de encontrar una clave esotérica que revele la significado oculto detrás de esta historia (de ahí la importancia enorme que tradicionalmente ha tenido la masonería esotérica en Latinoamérica, por mencionar solo un ejemplo).

Hace poco me topé con esta entrevista a Jorge Arias de Greiff, ingeniero y exrector de la Universidad Nacional de Colombia, en la que el entrevistado hace la extraña reclamación de que la historia de la ciencia (Arias de Greiff ha escrito extensamente sobre la historia de la astronomía) “puede ayudar a arreglar las cojeras de la historia patria; que a lo mejor la historia de la ciencia ilumina aspectos confusos de la otra historia.”  No se detiene a explicar cómo podría darse tal cosa, que me parece muy improbable en vista del papel mucho menor que la ciencia ha jugado en Latinoamérica, comparada con otras partes del mundo occidental.

Sospecho que las esperanzas de Arias de Greiff están subconscientemente asociadas a un sentido de que las graves obscuridades propias de la actual práctica académica de la historia de la ciencia pueden ofrecer un nuevo y secular esoterismo que reemplace a los viejos y desacreditados esoterismos con los que los intelectuales latinoamericanos tradicionalmente han buscado iluminar sus dolorosas historias patrias. Y creo que esta es al menos una parte de la respuesta a una de las preguntas que más me inquietó cuando finalmente conseguí terminar de leer Cien años de soledad: ¿qué es, exactamente, lo que están haciendo ahí o lo que puedan querer decir en su contexto las alusiones sostenidas al heliocentrismo, la alquimia, los imanes, la refrigeración, etc?

Cien años es, obviamente, la obra cumbre del realismo mágico, ese movimiento que fuera tan exitosamente comercializado a nivel internacional después de los años sesenta como marca de la nueva generación de autores latinoamericanos. Al fin de las cuentas, yo encuentro que ese realismo mágico es en buena parte un fraude.

Para comenzar, no hay nada novedoso en introducir elementos fantásticos en las narrativas: Borges (en mi opinión un escritor incomparablemente mayor que García Márquez) subrayó que la literatura fantástica es tan vieja como el lenguaje humano. Es cierto que las técnicas específicas del realismo mágico permitieron capturar ciertos aspectos de la cultura latinoamericana tradicional (por ejemplo, el conflicto entre los deseos de ser parte del mundo moderno y de mantener una identidad propia, el sincretismo entre el catolicismo y las religiones animistas, la percepción de una continuidad entre los mundos de los vivos y los muertos, etc.) y que el éxito de esta corriente ayudó a liberar a los autores latinoamericanos de las rígidas líneas ideológicas del “realismo social” practicado por la mayor parte de la anterior generación literaria. Pero, aunque la literatura no obedece a un lógica rigurosamente científica, psicológica o política, sí tiene que obedecer a su propia lógica literaria, y esto requiere de una disciplina artística que no se puede tirar por la borda simplemente invocando la licencia de escribir “realismo mágico”.

*Alejandro Jenkins Villalobos es doctor en física teórica de Caltech
y profesor de la Universidad de Costa Rica.
Este texto fue previamente publicado en inglés en su página de Quora.

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El País
Cali – Colombia
1 de agosto de 2017

Columna de opinión

Más de Vargas Llosa

Por: Santiago Gamboa

La semana pasada, entrevistado por la W, Mario Vargas Llosa volvió a hablar de su relación con Gabriel García Márquez y una vez más se encendieron los radares.

Lo más polémico, de acuerdo a los comentaristas, es que Vargas Llosa considerara en un plano menor a García Márquez al decir que no era “un hombre de pensamiento” sino un artista primigenio, alejado de las ideas, como esos músicos de jazz que, cuasi analfabetas, modifican el arte en el que se expresan sin apenas darse cuenta.

Para ser sincero, esto no me parece un insulto, aunque tampoco creo que García Márquez se ajuste a esa realidad. Es verdad que existen artistas puros, primigenios, que no necesitan de la reflexión teórica y que están lejos de las ideas acerca del arte que ejercen. Mozart debió de ser uno de estos artistas “en estado salvaje”, incapaz de teorizar sobre su oficio, pero que, al hacerlo, dejaba a todos con la boca abierta. Esto es muy visible en los músicos.

El jazz está lleno de ejemplos. Charlie Parker, Thelonius Monk, Chet Baker. Artistas al límite de la razón, casi incapaces de comprender lo que hacían. Caso muy distinto al de Stravinsky que, además de sus obras sinfónicas, escribió ensayos sobre la composición musical que aún se estudian en las facultades.

La pintura tiene también sus ejemplos. Van Gogh, sin ir más lejos. Pero la explicación de estos casos tiene un elemento particular y es que un músico o un pintor no necesitan verbalizar su genio para ejercerlo. La suma de sus observaciones y recuerdos y estados de ánimo e ideas sobre el color hacen que un trazo sea más grueso o más fino, y que los colores de fondo tengan cierta tonalidad y no otra. ¿Por qué lo hace? Él lo sabe, pero no necesita ponerlo en palabras. Como decía el novelista chileno Hernán Rivera Letelier: “Si me preguntas por qué lo hago, no lo sé; pero si no me lo preguntas, sí lo sé”. El escritor tiene una ventaja y es que la explicación se expresa en palabras, que son a la vez el material que domina.

Pero volvamos a Gabriel García Márquez. Es cierto que en su obra no hay grandes y sesudos ensayos, como en la de Octavio Paz, Carlos Fuentes o el propio Vargas Llosa. Pero en cambio está su prosa periodística, que a pesar de no presentarse bajo la forma del ensayo contiene ideas sobre literatura, política o cultura. Y es ahí donde Vargas Llosa se equivoca.

Que un texto no esté escrito a la manera del ensayo tradicional, no lo invalida como entidad o asunto intelectual. Los artículos de García Márquez están llenos de anécdotas personales y de humor, claro, pero ese es el caldo en el que sus ideas se expresan. Su discurso de recepción del premio Nobel, entre otros, contiene una síntesis poética y social muy fuerte, la de la soledad de América Latina. Muy por encima, por cierto, del trivial discurso de Vargas Llosa, que nos dejó a todos bastante perplejos.

Lo que sí fue un golpe bajo en la entrevista radial fue afirmar que García Márquez había seguido siendo amigo de Fidel por conveniencia y oportunismo. Un modo de sugerir que parte de su éxito en el mundo de la cultura, “que es un mundo de izquierda”, según dijo Vargas Llosa, se debió a una actitud interesada y pragmática. Es ahí, a mi modo de ver, donde el peruano sí saca el cuchillo contra el que, ya muerto y sin poder objetar, fue su rival durante 40 años.

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La Republica
Lima – Perú
6 de agosto de 2017

Cultural

Jorge Edwards:
“Josie Bliss fue un gran
amor de Neruda”
Jorge Edwards. El escritor y premio Cervantes chileno, invitado a la FIL de Lima, acaba de entregar a sus editores 'Oh, maligna', una novela que habla sobre un amor juvenil del poeta en Birmania. También opina sobre Gabriel García Márquez.

Por Redacción Pedro Escribano

El escritor chileno Jorge Edwards ha vuelto a Pablo Neruda y ya no en registro biográfico –Adiós, poeta–, sino como personaje de novela. Acaba de entregar a sus editores Oh, maligna, un libro en el que trata los amores que tuvo el vate en Birmania, una amante que vigilaba sus sueños con un cuchillo en mano esperando que el poeta pronuncie otro nombre que no sea el suyo. Edwards detalla sobre su novela. 

 Jorge Edwards

Insiste en Neruda...

Sí, porque hay algo que no había escrito yo, que se había escrito antes pero con poca información, y es sobre los amores de Neruda. Él era un chico de 23 años, cónsul de Chile en Birmania, que estaba con una birmana muy joven, Josie Bliss, que casi lo mató. Ella caminaba alrededor del mosquitero donde dormía Neruda con un cuchillo de cocina pensando en si se lo iba clavar o no, esto provocó la huida del poeta. Esto está un poco en el poema “Tango del viudo”. Sobre ese episodio es mi novela, que se llama Oh maligna. Después el editor me preguntó por qué no mejor se llama “Maligna”, pero le dije que no porque para cambiar ese “Oh” tienen que pasar por encima de mi cadáver.

Hay una faceta muy dura, el Neruda padre de una niña discapacitada.
Sí, pero esto fue mucho anterior a ese episodio. En la novela, Neruda todavía se llamaba Ricardo Reyes, yo juego mucho con eso. Al principio no se nota que el personaje es Neruda, sino un poeta joven que viene del sur del mundo, que llega a Birmania y que se llama Neftalí Ricardo Reyes.

Todavía no era inmortal.

El cambio de Neftalí Ricardo a Pablo lo hago lentamente.

¿Usted aborda todos los amores juveniles de Neruda?
Yo sé mucho del tema, pero no lo sé todo. Hice una novela en la que hay un personaje real que se llama Neftalí Ricardo Reyes, y hay amores que yo inventé.

Como todo novelista.
Claro, sobre todo cuando él estaba en una colonia inglesa y había jóvenes inglesas que llegaban de la isla británica. Y según Josie, la birmana, iban a buscar marido. Cuando no encontraban marido, iban a Birmania, iban a las colonias, por eso ella estaba muerta de celos, tanto que quería matarlo con un cuchillo. Neruda, que me tenía confianza en estos temas, me contó que ella le dijo una vez “si tú te murieras, yo podría descansar tranquila. Mientras tú estás vivo, yo estoy sufriendo de celos, de amargura”. Esa mujer era fiera.

¿Era una nativa?
Era birmana. Él siempre dice “la furiosa”, “la maligna”, “la deshabitada”. Yo me pregunto por qué “deshabitada”, yo me hago muchas preguntas como novelista. Pero fue un gran amor...

Tremendo poema que le ha dedicado...
Le ha dedicado muchos poemas. Hay poemas sobre ella en Estravagario, en Memorial de Isla negra y siguió hablando de ella. Yo una vez conocí una chica en París que era poeta y que se llamaba “José”. Entonces, yo le conté a Neruda, le dije “mira qué cosa más rara, conocí a una poeta que es muy atractiva pero se llama José”. Y él me dijo “y qué te extraña, si Josie es José”.

Los dos han tenido su José...
Claro. Josie Bliss se llamaba la birmana. Josie es un diminutivo de José, Josesita. Hablamos de ella, él estaba muy impresionado con ella porque le escribía una poesía de misterio en la que el mundo oriental entraba mucho. Por ejemplo, Residencia en la tierra está llena de funerales que son unas procesiones en las que al final se incinera al cadáver y se lo tira al río. Aparece muchas veces Mandalay, que era la antigua capital de Birmania. “Eres la más bella de Mandalay”. Resulta que los abuelos de Josie eran de Mandalay.

¿Ha ido a Birmania?
Yo pensaba ir a Birmania para investigar, pero luego dije que mejor nunca iba a ir a Birmania. Por lo tanto, inventé Birmania. Yo estaba en Madrid, fui al mercado viejo del lugar y compré todo lo que encontré sobre Birmania, muchas guías de turismo muy antiguas. Leí Días de Birmania de George Orwell, él fue un policía inglés en Birmania, luego se avergonzó por haber sido policía en la colonia. Si Salgari ha escrito Sandokán y otras novelas sin ir a la India, por qué yo no inventarme a Birmania (risas).

A propósito de Neruda, ahora se investiga si lo asesinaron. ¿Qué piensa usted?
No sé si asesinaron a Neruda, porque tuve que haber estado ahí, cómo voy a saber yo. Ahora, lo que sí sé es que si lo asesinaron fue una tontería porque el poeta estaba muriéndose. Resulta que ahora, mirando sus libros para escribir la novela, hay uno, Incitación al nixonicidio, que en la dedicatoria dice: “Escribí este libro enfermo en Isla Negra”. Estaba muy enfermo Neruda, lo sé porque estaba conmigo en la embajada y él se operó dos veces. No podíamos decir que el embajador estaba enfermo, menos yo, que era el segundo en el cargo. Pero estuvo operado de cáncer de próstata dos veces. Entonces, ¿había necesidad de matarlo por razones políticas, esa idea me suena muy artificial. Yo seguí viendo mucho a Matilde y ella nunca me dijo nada sobre ese tema. Ella lo hubiera dicho en una sola palabra.

La cuestión judicial ha avanzado. Se exhumó su cuerpo.
Debería haber una resolución judicial ya, pero la historia sigue. No sé a quién le conviene que hayan matado a Neruda, seguramente al Partido Comunista, por eso de tener un héroe, un mártir, un santo, pero yo no sé. También pienso, aunque puede ser errado, que al gobierno de Chile de Pinochet le hubiera complicado la vida tener a Neruda en el exilio. Aunque no creo, estaban asesinando gente, disparando en la calle con los francotiradores para que estuvieran preocupados en matar a un viejo poeta.

Pero era un símbolo...
Pero un símbolo es más fuerte muerto que vivo.

Recuerdo de Gabo

Usted hizo una gran amistad con Vargas Llosa, ¿también la hizo con García Márquez?
Era bien difícil ser amigo de los dos. Si Vargas Llosa le pegó una bofetada a García Márquez. Le voy a contar, a raíz de mi libro sobre Cuba, Persona non grata, no estaba de acuerdo conmigo. Él era profundamente castrista, amigo de Fidel; sin embargo, nunca hubo una ruptura mía con García Márquez. Sabíamos que pensábamos diferente, pero cuando estábamos en el mismo lugar, por ejemplo México. La mujer de él no me quería nada, pero García Márquez se escapaba para conversar conmigo. Una vez me contó algo de Fidel muy divertido a propósito de mi libro Persona non grata. En una reunión, le decían a Fidel que había racionamiento de luz, de comida, de azúcar, tanto le decían que dijo: “entonces Edwards tenía razón”.

Vargas Llosa ha dicho que Gabo más que un intelectual era un creador. ¿Coincide?
¿Ha dicho eso? No he leído eso, pero es verdad. García Márquez no era verdaderamente un intelectual y por eso su adhesión al castrismo era más emocional que filosófica. Pero era un artista en el lenguaje, la prueba está en su escritura. A mí me gustan sus cuentos y novelas cortas.

¿Y Cien años de soledad?
Menos, me aburre.

Vargas Llosa dice que es la que va a quedar.
Vargas Llosa tiene sus opiniones, no estoy de acuerdo con él todo el tiempo. Encuentro en Cien años... una repetición de la fantasía. Yo tuve que leer por segunda vez Cien años... para enseñarlo en una universidad y verdad nunca he sufrido más, me aburrí como un loco. Por qué no lo voy a decir si es la verdad, es mi verdad.

¿Usted ha seguido a Roberto Bolaño?
Y no solo leí a Bolaño, sino fui la primera persona que presentó a Bolaño en Barcelona. Presenté Los detectives salvajes con Bolaño a mi lado. Él estaba muy contento de que lo presentara porque era un lector mío y escribió varias veces sobre mis cosas. ¿Qué puedo decirle sobre él? Es un escritor refinado, muy ocurrente, de una gran fantasía, pero al mismo tiempo yo diría que –y no es un defecto– es un escritor para escritores.

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El Mundo
Madrid – España
5 de julio de 2017

Literatura 50 aniversario
El biógrafo de García Márquez
desentraña sus dilemas
Gerald Martin y Daniel Samper examinan los dilemas, el entorno y el folclore
que llevaron a García Márquez a escribir su primera obra global

Gerald Martín, biógrafo del escritor colombiano Nacho Calonge

"Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede", recogía Gabriel García Márquez en el relato de la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo. Para ellos la vida era cambio, de la misma forma que lo es cada uno de los detalles de Cien años de soledad. En él, cada línea y cada palabra recuerda a un momento histórico y personal y nadie mejor que Gabo para explotar esa experiencia casi instantánea. "Tenía un universo primordial, original, de temporalidad estática", ha afirmado Gerald Martin, biógrafo del escritor colombiano. "Siento que nos adelantó a todos por la manera en que había regresado al pasado".

La publicación de Cien años de soledad, cuyo 50 aniversario se conmemora este año, convirtió a García Márquez en uno de los escritores más leídos y reconocidos del mundo. Su novela fundaba y clausuraba un género narrativo, el realismo mágico, que tuvo un inmenso influjo en escritores diversos que encontraron en sus páginas claves para contar las historias de sus respectivos países. "Es un libro único y abrumador que, a día de hoy, sigue siendo impenetrable. Tenía un nivel obvio y fácil de leer que no cambia en todo el transcurso -mismo tono, misma manera de narrar las cosas- aunque debajo había mil estratos diferentes".

Así, lejos de ser un libro anacrónico, confiesa que le parece más vigente ahora que hace 30 años por el arquetipo que realiza del tercer mundo. "Hay clásicos que vienen de arriba, como los de Borges, que parten de la abstracción, del pensamiento", ha reconocido, durante su intervención en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, Daniel Samper, periodista y escritor. "Cien años es el libro de la asimilación por parte de los latinoamericanos de su historia".

Pero García Márquez no se agota en él ni en el realismo mágico. Su obra se compone de crónicas, memorias, cuentos y novelas ancladas a la realidad, al igual que de columnas y trabajos periodísticos que sembraron una fértil escuela de periodismo narrativo en América Latina. "Yo creo en esa etiqueta. Al comienzo no me gustó el realismo mágico, pero ¿qué le vamos a hacer? Existe y existirá siempre. Y ya me está gustando", confiesa Martin que compró su ejemplar frente al Palacio de Bellas Artes en México DF, en 1968. Lo que se encontró fue la historia del continente en un momento dramático como paso previo al boom de la nueva novela latinoamericana. "No hay comienzos ni finales mejores que los suyos. El siempre atesoró el binomio: comienzo, nacimiento; fin, muerte".

En el caso del Nobel de Literatura 1982, cualquiera podía intuir lo que hacía, pero no discernir el cómo. Podía haber una historia o una saga familiar, pero ¿de qué se trataba? ¿Cómo funcionaba? "No hay ningún libro sobre el cual la gente repite tanto lo que se dice en éste. Sin embargo, me costó 20 años expresar algo inteligente sobre él", ha sostenido, al mismo tiempo que señala que sus dos objetivos favoritos de la obra son diáfano y radiante. "A pesar de ser todo luz, resultó totalmente oscura. Parecía absolutamente accesible, pero casi imposible de explicar".

Quizá como su autor. "Fue un hombre tímido y expansivo con sus amigos, tanto que podía cantar o bailar. Sin embargo, en reuniones grandes se enclaustraba en sí mismo, y cuando había gente le costaba mucho trabajo abrirse", ha explicado Samper. "No llevaba bien la popularidad. Dependía del humor que tuviese en ese momento". Lo que, también, influenció siempre su obra, incluido ésta que demuestra que los mitos son interminables y difíciles de descifrar pero que tienen orígenes e historias. La cuestión final, entonces, que plantea es: ¿Estamos todos condenados en el pasado? ¿O es nada más una época la que terminó? "Su libro planteó la pregunta en el 1967, la vuelve a hacer ahora y, si la humanidad sobrevive, la volverá a plantear planteando en 2067 cuando los Cien años de soledad llegue a su permanente fin".